Era la cuarta vez en un mes que la invitaba a cenar al mismo restaurante italiano, y aunque sabía que siempre había sido muy detallista con ella, en el fondo sospechaba que no era su devoción por los tallarines en salsa lo que los había reunido de nuevo a las diez menos veinte en esa misma mesa. Lo había notado desde hacía un tiempo: Julien ya no se comportaba de la manera en que solía hacerlo, simplemente durante los dos últimos meses se había convertido en una persona totalmente distinta, un completo extraño ajeno a ella y a todo lo que le rodeaba.
Al principio no le dio la más mínima importancia, pensó que todo el mundo tenía derecho a tener épocas malas, incluso ella había tenido hace poco una época de esas en que escasamente salía de casa, comía poco y hablaba todavía menos. Pensó entonces que tal vez todo aquello no fuera más que una simple pataleta disfrazada de reproche y que probablemente dentro de un par de semanas, cuando se le hubiese pasado el enfado, volvería a ser el de siempre, que volvería a reírse con las historias de pacientes que ella le contaba al volver del trabajo mientras comían helado de café en el sofá y volvería a cogerla de la mano cuando caminaban por el parque y también en la cola del cine, como cuando eran novios.
Mientras pensaba en todo eso, se dio cuenta de que Julien no había mediado palabra ni tampoco había cambiado de postura una sola vez desde que habían llegado al restaurante, estaba totalmente rígido, tenía la mirada extraviada un par de mesas más atrás y el semblante inexpresivo, incluso se había olvidado de parpadear, parecía una de esas estatuas de piedra que había en el parque donde ella solía ir a correr los sábados por la mañana. Annie no pudo evitar tener la sensación de que a Julien hacía tiempo que se le había escapado la vida y la juventud por los ojos y ese pensamiento le produjo un escalofrío que le heló la sangre y le erizó los pelos de la nuca.
Durante la cena hizo varios intentos por arrancarle un par de palabras de los labios. Pero nada. Ya para cuando los últimos restos de flan de caramelo se hubieron evaporado de los platos, Annie tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para posar su mano sobre la de él, pero tampoco pareció notarlo, ni siquiera se tomó la molestia de bajar la mirada hasta la de ella. Nada, ni el más mínimo ápice de complicidad en las pupilas. Annie retiró despacio la mano de la de Julien y observó con resignación como las velas clavadas a ambos lados de la mesa se consumían poco a poco hasta apagarse en el más absoluto silencio. Como Julien, pensó Annie, y con una mezcla de impotencia y enfado agarró la chaqueta del respaldo de la silla y se dirigió hacia la salida como alma que lleva el diablo. Ya pagaría él.
En cuanto dobló la esquina, una fina cortina de lluvia hizo acto de presencia calándole los huesos, el alma y la entereza, y para cuando quiso volver ya no le quedaba ningún milímetro de vestido seco ni más ases bajo la manga. Deseó entonces con todas sus fuerzas que Julien hubiese entrado en razón. Deseó que un sentimiento de culpa y arrepentimiento se apoderara de él y le obligara a salir corriendo detrás de ella para disculparse y acabar besándola bajo el paraguas marrón que tantas docenas de besos robados había presenciado desde que Annie se lo había regalado por su veintiún cumpleaños. En ese momento la gente que pasara por su lado se conmovería y desde un bar cercano se oiría el sonido amortiguado de la vie en rose, como en esas películas que tanto le gustaban a Annie, y sería entonces y solo entonces cuando todo volvería a ser como antes.
Con ese pensamiento bombeándole en las sienes, Annie buscó refugio bajo el tejado de un portal a esperarle mientras se resguardaba de la pesada lluvia que ahora caía. Estaba muy atenta a la gente que pasaba a su lado casi rozándola enfundada en chubasqueros de mil y un colores por si acaso uno de ellos era Julien con su paraguas marrón y no advertía su presencia agazapada en el portal. Al poco tiempo las calles empezaron vaciarse cediendo el paso al sonido sordo del agua golpeando la piedra que pronto se apoderó de la ciudad y Annie se empezó a impacientar. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma, pensó, y con los pulmones llenos de esperanza y el corazón en el bolsillo, Annie cogió aire y en un arrebato de optimismo decidió volver corriendo sobre sus pasos tan rápido como los zapatos de 7cm de Prada se lo permitieron esperando toparse de frente con él al doblar la esquina de cualquier calle. Pero conforme iba avanzando las posibilidades de que Julien la volviera a besar y la gente se conmoviera se iban diluyendo como acuarelas en la lluvia y Annie se sentía morir a cada paso que daba. Pobre Annie. Nadie le había contado que en este sucio mundo congestionado de hipócritas no había sitio para una soñadora como ella.


3 observaciones:
chica: me encanta.Fin.
tm es tuyo? si es así, el guion de una peli de estas de las que sacas mil frases. jaja
chica: me encanta.Fin.
tm es tuyo? si es así, el guion de una peli de estas de las que sacas mil frases. jaja
eee... bien!ahora staras pensando: puta isa, pense que tenia 3 comentarios!!!
xDDDD
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