martes, 23 de marzo de 2010

Vidas interesantísimas: Sissí Emperatriz


La dulce princesita Isabel de Wittelsbach, más conocida como Sissí, encarnada en celuloide por Romy Schneider que nos presentan las películas acarameladas de los 60 nada tiene que ver con la verdadera Emperatriz fetichista y vanidosa obsesionada con su delgadez que tardaba más de 3 horas en vestirse.

Isabel contrajo matrimonio a los escasos 16 años con su primo, el Emperador Francisco José de Austria, quien se enamoró perdidamente de ella en la visita que Isabel hizo con su madre y su hermana Elena de Baviera a la residencia de verano de la Familia Real de Austria frustrando así los planes de boda que su madre y su tía tenían para ellos, pues el motivo de la visita no era otro que el compromiso del Emperador con Elena.
Dicen que cuando Sissí se comprometió con el Emperador, la madre de éste, la Archiduquesa Sofía de Baviera descubrió con horror que tenía dientes amarillos y eso fue el motivo de la primera crítica de la suegra hacia la futura esposa de Francisco José. Con el tiempo la Emperatriz perdió progresivamente los dientes debido a su mal cuidado y falta de aseo. Por esa razón, evitó sonreír a boca abierta frente a la corte y al público en general por esa falta de dientes que la acomplejó durante sus últimos años.

Desde el principio tuvo serias dificultades para adaptarse a la estricta etiqueta que se practicaba en la Corte Imperial de Viena y a pesar de que la Emperatriz aborrecía a los niños y jamás deseó descendencia, tuvo cuatro hijos: Sofía (fallecida a los dos años de edad aquejada de tifus), Gisela, Rodolfo y María Valeria.

En una visita a Hungría en 1857, Isabel se empeñó en llevar consigo a las archiduquesas Sofía y Gisela a pesar de la rotunda negativa de su suegra. Durante el viaje, las niñas enfermaron gravemente padeciendo altas fiebres y severos ataques de diarrea. Mientras que la pequeña Gisela se recuperaba rápidamente, su hermana no tuvo la misma suerte y pereció, probablemente deshidratada. Su muerte, que sumió a Isabel en una profunda depresión que marcaría su carácter para el resto de su vida, propició que le fuese denegado el derecho sobre la crianza del resto de sus hijos, que quedaron a cargo de su suegra, la archiduquesa Sofía. Tras el nacimiento del príncipe Rodolfo, la relación entre Isabel y Francisco José comenzó a enfriarse. Isabel, por su parte, sólo pudo criar a su última hija, María Valeria, a la que ella misma llamaba cariñosamente “mi hija húngara” dado el gran aprecio que le tenía a Hungría.
Los grandes enemigos que Isabel hizo a lo largo de su vida la llamaban despectivamente “la niña húngara” y no precisamente por el amor que su madre profesaba por tal país, sino porque creían que la niña era fruto de un escarceo sexual que Isabel habría mantenido con el conde húngaro Gyula Andrássy. No obstante, el gran parecido que Valeria guardaba con su padre el Emperador se encargó de desmentir tales rumores.

El papel político de la Emperatriz fue bastante dudoso, aunque dicen que ejerció influencia sobre el Emperador para lograr el compromiso de 1867 por el que se creaba la monarquía dual austrohúngara. Al ser coronada reina de Hungría, el 8 de junio de 1867 en Cfen, recibió como obsequio el palacio Gödölö. Esto, junto con sus continuos viajes a Hungría acrecentó el rumor de una relación sentimental con el Conde Gyula Andrássy. La causa de sus viajes continuos a Hungría era la profunda simpatía e identificación con la cultura y la causa húngaras.

Dotada de una gran belleza, Isabel se caracterizó por ser una persona rebelde, culta y demasiado avanzada para su época:

Fumaba cigarrillos, algo insólito para la época. Adoraba la equitación llegando a participar en muchos torneos. Sentía un gran aprecio por los animales: amaba a sus perros, costumbre heredada de su madre, hasta el punto de pasear con ellos por los salones de palacio. Le gustaban los papagayos y los animales exóticos en general, incluso llegó a tener su propia pista circense en los jardines de su palacio en Corfú. Hablaba varios idiomas: el alemán, el inglés, el francés, el húngaro, propiciado por su interés e identificación con la causa húngara, y el griego, este último aprendido con ahínco para poder leer de las obras clásicas en su idioma original. Disfrutó de la literatura, en especial de las obras de William Shakespeare, de Friedrich Hegel, y de su poeta predilecto, Heinrich Heine.

A partir de los 25 años y a raíz de sus tres primeros embarazos, Sissí empezó a obsesionarse con su figura y su peso, que quería mantener en 50 kilos (repartidos en una estatura de 1,72) y de guardar su cintura de tan sólo 47 centímetros. A falta de especialistas en nutrición, que no existían en su época, nadie podía decirle a la Emperatriz que su cuadro correspondía al de una enferma bulimaréxica. La palabra comprende a los aquejados de las dos enfermedades nutricionales más extendidas del Occidente actual: la bulimia y la anorexia, y se observa en personas propensas a los atracones de comida compensados con la obsesión compulsiva de hacer ejercicio.

Cuidaba su figura de una forma maniática llegando a mandar hacerse instalar espalderas y escaleras en todos los palacios en los que se asentaba y anillas en sus habitaciones para poder practicar deporte sin ser vista y paseaba a diario durante ocho largas horas que agotaban a todas sus damas de compañía, que tenían que ser relevadas al poco tiempo. Su alimentación dio también mucho que hablar, pues se alimentaba básicamente a base de consomés compuestos por una mezcla de carne de ternera, pollo, venado y perdiz; sangre de buey cruda, pescado hervido, leche, tartas, pasteles y helado, prescindiendo durante casi toda su vida adulta de verduras y de fruta, a excepción de las naranjas. Sin embargo, era muy extraño que demostrara su apetito delante de cualquier persona. Los únicos que habían tenido la oportunidad de ver a la Emperatriz sentada ante una mesa fueron sus hermanos, algún otro miembro de la familia de Baviera, su hija menor Maria Valeria, a quien consideraba como única hija, y su profesor de equitación, Middleton, de quien se enamoró perdidamente. Casi todos los diarios escritos por Valéry hacen mención especial a los arranques de apetito que de vez en cuando tenía su madre. Cuando Sissí se juntaba con sus hermanos ingería grandes cantidades de chocolate, tartas de crema y helados (su preferido era el de violetas).

Las torturas a las que sometió su cuerpo grácil no solo atentaron contra su salud, provocándole depresión, insomnio, reuma, neuritis, importantes crisis de ansiedad y otras enfermedades a causa de su ayuno flagelante, sino que además aumentaron su irritabilidad y afectaron a sus ocupaciones diarias, ya que tenía la necesidad de siempre estar en movimiento, de no sentarse, de caminar durante horas y de montar otras muchas a caballo. Su afán como amazona no sólo tenía que ver con el arte de montar, que realizaba de lado, sino también con su vestimenta. Una vez sentada en el caballo, ordenaba coser su traje de falda larga para que tuviera una caída perfecta.

A partir de los 35 años no volvió a dejar que nadie la retratase o tomase una fotografía, para ello adoptó la costumbre de llevar siempre un velo azul, una sombrilla y un gran abanico de cuero negro con el que cubría su cara cuando alguien se acercaba demasiado a ella.
También, entre otras excentricidades, al final de su vida se hizo tatuar un ancla en el hombro y se hacía atar al mástil de su barco durante las tormentas. Además, adoraba viajar y nunca permaneciendo en el mismo lugar durante más de dos semanas.

Detestaba el ridículo protocolo de la Corte Imperial de Viena, de la que procuró permanecer alejada durante el mayor tiempo posible y a la que desarrolló una auténtica fobia que le provocaba trastornos psicosomáticos como cefaleas, náuseas y depresión nerviosa, por ello la Emperatriz se mantuvo, siempre que pudo, alejada de la vida pública. Fue una Emperatriz ausente de su Imperio, aunque no por ello menos pendiente de los asuntos de Estado. De hecho fue la propia Isabel una de las impulsoras de la coronación de Francisco José como rey de Hungría, hecho que se produjo finalmente en 1867. Cabe destacar que también toleró, hasta cierto punto, el intenso romance de su marido con la actriz Katharina Schratt, a quien los cónyuges conocían cariñosamente como “la amiga” y cuya presencia en la corte levantó ampollas entre los sectores más religiosos y reaccionarios de Viena.
En 1889, la vida de la Emperatriz cambiaría radicalmente a causa del suicidio de su único hijo. El príncipe Rodolfo, de 30 años, que padecía de ciertos trastornos psicológicos causados en parte por la estricta educación militar a la que fue sometido en su infancia, convenció a su amante, la joven baronesa María Vetsera, para que se quitase la vida junto a él. Este episodio, que se conoce con el nombre de “El incidente de Mayerling” por ser Mayerling el nombre del refugio de caza donde ocurrió la tragedia, dejó marcado también al Emperador que, de la noche al día, se encontró sin un heredero que se hiciese cargo del vasto Imperio astrohúngaro.
Tras la muerte de su hijo, la Emperatriz abandonó Viena y adoptó el negro como el único color para su vestimenta a la par que su fobia a ser retratada incrementaba. Sólo unas pocas fotografías se conservan de fotógrafos con suerte que lograron congelarla en una imagen sin que ella lo advirtiera. Con el tiempo, se hizo extraño que la Emperatriz visitase a su marido en Viena pero curiosamente, su correspondencia aumentó de frecuencia durante los últimos años y la relación entre los esposos se fue convirtiendo en platónica y cariñosa. 
Esta última etapa en la vida de la Emperatriz estuvo marcada más que nunca por los viajes. Compró un barco de vapor al que llamó Miramar, y en él recorrió el Mar Mediterráneo.

El 10 de septiembre de 1898, mientras paseaba por el Lago Lemán de Ginebra con su dama de compañía, la condesa Irma Sztaray, fue atacada por un anarquista italiano, Luigi Lucheni, que fingió tropezarse con ellas aprovechando el desconcierto para deslizar un fino estilete en el corazón de la Emperatriz. Al principio, Isabel no fue consciente de lo que había sucedido. Solamente al subir al barco que las estaba esperando, comenzó a sentirse mal y a marearse. Al abrirse el corpiño descubrió una pequeña mancha de sangre del tamaño de una moneda en el pecho y advirtió que el anarquista le había asestado una puñalada mortal a la altura del corazón. Luigi Lucheni estaba en realidad planeando un atentado contra el pretendiente al trono francés, un príncipe de la Casa de Orléans pero al leer en un periódico que la visita del príncipe francés había sido anulada y que la Emperatriz se encontraba en la ciudad, decidió buscar en ella a la víctima perfecta para pasar a la posterioridad. 
No existía animadversión ni por la Emperatriz, ni por el país al que representaba, Austria, su acto fue justiciero ante una nobleza que insultantemente vivía ofendiendo a una clase obrera que casi moría de hambre en una Europa pre-industrial y en la que estaban germinando los grandes movimientos sociales y políticos de éste siglo. En ningún momento sintió arrepentimiento por su acción, sólo el final de su juicio pareció emocionarse cuando el juez le dijo que había asesinado a una mujer que durante toda su vida había sido profundamente desgraciada, balbuceando estas palabras: Yo creía haber matado a una persona que vivía en una felicidad insolente. Como en Suiza no existía la pena de muerte fue condenado a cadena perpetua, con el tiempo fue dando muestras de agresividad seguidas por un desequilibrio psíquico para terminar ahorcándose con su cinturón en una celda de castigo.

El cuerpo de la Emperatriz fue trasladado a Viena siendo sepultada en la Cripta Imperial, en vez de en su palacio de Corfú, el Achilleion, donde deseaba recibir sepultura.

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