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Llovía, es decir, había llovido, y si entrecerrabas un poco los ojos todavía podías distinguir el húmedo perfume a lluvia reciente que se arremolinaba alrededor de las copas de los árboles y las farolas mal repartidas de la calle formando anillos de vapor tibio que se te colaban entre el vestido y los zapatos. Un perfume que te encogía el corazón a medida que caminabas un atardecer más hacia el portal de su casa apenas iluminado por los últimos rayos de sol de lo que yo recuerdo como uno de los veranos más largos de mi vida. Sí, aquella tarde llovía, es decir, había llovido.



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