Me figuraba exactamente cómo ocurriría. Estaría sentado entre ellos en la mesa de la cocina, escuchándolos. Escucharía, escucharía, escucharía, con la cabeza entre las manos, hasta que, incapaz de seguir soportándolo, metería la mano por la garganta de madame Yoshoto, le sacaría el corazón y lo abriría como si fuera un pájaro.
Luego, cuando todo estuviera tranquilo, les mostraría los trabajos de la hermana Irma y ambos compartirían mi alegría.
J.D. Salinger



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