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Fue justo entonces cuando empezó aquella inesperada masacre. Que se podría calificar, incluso, de ataque sorpresa.
Un apacible día de primavera nos hallábamos bajo los tibios rayos del sol, justo en el momento de cambiarnos de ropa. Se produjo un pequeño revuelo: las tallas no coincidían, las mangas estaban vueltas del revés, alguno embutía la pierna derecha en la pernera de un pantalón real mientras intentaba introducir la izquierda en la de un pantalón irreal.
La carnicería se inició con una extraña detonación. Como si alguien hubiera emplazado una ametralladora metafísica en lo alto de una colina metafísica y ahora nos estuviera inundando de balas metafísicas.
Pero, en definitiva, la muerte no es más que la muerte. En otras palabras, salga de un sombrero o de un campo de trigo, un conejo no es más que un conejo. Un horno caliente no es más que un horno caliente y la negra humareda que se alza por una chimenea no es más que la negra humareda que se alza por una chimenea.
El primero en franquear el negro abismo que se abre entre lo real y lo irreal fue un amigo de mi época universitaria que trabajaba como profesor de inglés. Se había casado hacía tres años y su mujer había ido a casa de sus padres a dar a luz.
Un domingo por la tarde, muy cálido para ser enero, compró en la ferretería de unos grandes almacenes una navaja de afeitar alemana capaz de sacarle la oreja a un elefante y dos botes de espuma para afeitar, volvió a casa y puso el agua del baño a calentar. Luego sacó hielo de la nevera y, tras vaciar una botella de whisky, se cortó las venas de la muñeca dentro de la bañera y murió. Su madre encontró el cadáver dos días después. Y la policía sacó muchas fotografías del lugar de los hechos. Con la sangre, la bañera había tomado el color del zumo de tomate. El parte oficial de la policía fue: «Suicidio». La casa estaba cerrada con llave y, ante todo, había sido el propio muerto quien había comprado la navaja aquel mismo día. Sin embargo, nadie alcanzó a comprender qué le habría impulsado a comprar espuma de afeitar (y encima dos botes), que evidentemente no iba a poder gastar.
Quizá no se acabara de hacer a la idea de que, unas cuantas horas después, estaría muerto. O quizá temiese que el dependiente adivinara su intención de suicidarse.
No dejó ninguna carta, no garabateó ninguna nota. Nada. Sobre la mesa de la cocina sólo quedaban un vaso, una botella de whisky vacía, un recipiente para el hielo y, además, los dos botes de espuma de afeitar. Probablemente, mientras se tomaba un Haig con hielo tras otro esperando a que se calentara el agua del baño no despegó los ojos de la espuma de afeitar de encima de la mesa. Y tal vez pensara lo siguiente: «Ya no tendré que afeitarme nunca más».
La muerte a una edad tan temprana como los veintiocho años es casi tan triste como la lluvia de invierno.



1 observaciones:
Me tienes que dejar el libro este!
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