miércoles, 4 de noviembre de 2009

La tragedia de la mina de carbón de Nueva York I


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Hay un hombre que, desde hace más de diez años, tiene la costumbre, bastante extraña, de encaminar sus pasos hacia el zoológico cada vez que hay un tifón o llueve torrencialmente. Es un amigo mío. Vive a unos quince minutos a pie del zoológico.
Cuando un tifón azota la ciudad, y mientras el común de los mortales va cerrando, uno tras otro, los postigos de las ventanas y corre a aprovisionarse de agua mineral y comprueba el estado de transistores y linternas, mi amigo se enfunda en una capellina impermeable suministrada por el ejército americano durante la guerra del Vietnam, se embute unas latas de cerveza en los bolsillos y se dirige al zoológico. Por ello, cuando hay un tifón, siempre se toma el día libre.
Con un poco de mala suerte se encuentra con las puertas cerradas.
«CERRADO POR MAL TIEMPO».
Lo que, bien mirado, no es una excusa baladí. ¿A quién diablos le va a apetecer contemplar avestruces y cebras en una tarde semejante? Pero él lo acepta de buena gana, se sienta en una de las ardillas de piedra que flanquean la entrada, se bebe la cerveza que lleva en los bolsillos, ya un poco tibia, y se vuelve a casa.
Con un poco de buena suerte, la puerta está abierta.
Entonces compra la entrada, accede al recinto y, uno tras otro, va mirando con atención los animales mientras se fuma trabajosamente un cigarrillo empapado por la lluvia. El zoológico está desierto. Los animales permanecen dentro de sus guaridas. Contemplan la lluvia por las ventanas con mirada distraída y cara de pasmo, o brincan excitados al viento, o están intimidados ante el brusco cambio de la presión atmosférica, o irritados.
La primera cerveza se la bebe siempre sentado ante la jaula del tigre de Bengala y, a continuación, se toma la segunda cerveza frente al recinto del gorila. El gorila muestra una gran indiferencia ante el tifón. Parece intrigarle mucho mas la figura que tiene delante. El gorila siempre lanza miradas compasivas al hombre medio pez que se está tomando una cerveza sentado sobre el suelo de cemento. «La situación me recuerda a dos desconocidos atrapados en un ascensor averiado», me dijo él en cierta ocasión.
Sin embargo, dejando aparte lo de las tardes de tormenta, es un hombre de lo más normal. Trabaja en una empresa de origen extranjero, pequeña y poco conocida, pero de ambiente laboral agradable, que se dedica al comercio exterior; vive en un pequeño y pulcro apartamento y, cada medio año, cambia de novia. Desconozco la razones que le impulsan a cambiar de novia con tanta regularidad. Pero todas sus novias son tan similares que parecen hechas por división celular. Al menos yo no soy capaz de distinguir una de otra.
No sé por qué razón, la mayoría de la gente piensa que es un hombre anodino y algo lerdo, pero eso a él le trae sin cuidado. Tiene un coche se segunda mano en bastante buen estado, las obras completas de Balzac, un traje negro idóneo para asistir a entierros, una corbata también negra y un par de zapatos negros de piel.
Cuando muere alguien y debo asistir a un funeral, lo llamo a él. Para pedirle el traje, la corbata y los zapatos. Tanto el traje como los zapatos me van, los dos, una talla y un número grandes, pero en una ocasión así el atildamiento está fuera de lugar.   
    – Lo siento mucho –le digo yo siempre –. Pero tengo otro entierro.
   – Bah! No te preocupes. Supongo que te correrá prisa. Puedes venir a recogerlo cuando quieras –contesta él siempre.
Y cuando llego me encuentro, dispuestos sobre la mesa, el traje bien planchado, la corbata, los zapatos relucientes, y la nevera la tiene llena de cerveza de importación puesta a refrescar. todo preparado, listo para que se de uso de inmediato. él es así. Sin duda, únicamente una persona así se tomaría la molestia de cambiar de novia cada medio año.
Después de bebernos media docena de cervezas entre los dos, metió cuidadosamente en una gran bolsa de papel, de unos grandes almacenes, el traje envuelto en una funda de plástico, la corbata y la caja de zapatos.
    – Siento andar pidiéndotelo siempre –le dije. Tendría que comprarme uno, pero nunca encuentro el momento. Al comprarte un traje de luto, no se, parece que se te vaya a morir alguien.
    – No te preocupes. Total, yo no lo necesito. Incluso es posible que el traje prefiera que lo lleve alguien a estar colgado de la percha como un inútil –dijo.
Él mismo, desde que lo había adquirido, tres años atrás, no se lo había puesto nunca.
    – Mírame a mí. Desde que lo tengo, no se me ha muerto nadie –comentó.
    – Sí, estas cosas pasan –dije yo.
    – ¡Y tanto que sí! –exclamó.
Para mí, en cambio, aquél año había sido un año de funerales. A mi alrededor, mis amigos y los que habían sido mis amigos se habían ido muriendo uno tras otro. Un cuadro parecido a un campo de maíz azotado por la sequía del verano. Yo tenía veintiocho años. Mis amigos también contaban, más o menos, con la misma edad. Veintisiete, veintiocho, veintinueve años… Una edad poco adecuada para morir. Los poetas mueren a los veintiún años; los revolucionarios y las estrellas del rock, a los veinticuatro. Una vez superada esa edad parece que, de momento, estés a salvo. Como mínimo, eso es lo que presupone la mayoría de la gente. Ya has dejado atrás la legendaria curva fatídica, ya has cruzado el túnel lúgubre y oscuro. Tienes por delante una recta autopista de seis carriles por la que puedes volar a tu destino. Te cortas el pelo, te afeitas todas las mañanas. Ya no eres poeta, ni revolucionario, ni estrella del rock. Ya no duermes la borrachera dentro de una cabina telefónica, ni bebes hasta perder el sentido, ni escuchas ningún LP de los Doors a todo volumen a las cuatro de la madrugada. Has suscrito un seguro de vida por conveniencia, has empezado a beber en los bares de los hoteles, desgravas de los impuestos la factura del dentista. Porque tú ya tienes veintiocho años.

7 observaciones:

Isa dijo...

P.D: matame a los 28.

otra cosa! tu collage, esta muy bonico, lo unico que en mi ordenador al entrar en tu blog, solo se ve eso,luego bajas y ya ves la parrafadas chachis estas que nos pones, no se si es lo que pretendias o qué, supongo que si, pero no sé, lo veo raro! la mayoria de los blogs tienen una cabecera rectangular, y tu diseño me desconcierta jajajaja

Martiche dijo...

ya, bueno, es lo que tiene tener una pantalla de 23563458763459 pulgadas, que pierdes la noción de la realidad :D

No, pero de verdad que con este ordenador se ve todo demasiado bien en él y demasiado mal en el resto, porque yo en los de clase veo todos los blogs hiperdistorsionadísimos, tanto los colores, como la posición de las cosas en las páginas hasta la tipografía se ve distinta! de verdad, yo entro en mi blog en clase y soy incapaz de leer la letra de lo enana y pixelada que está :S

Linkades dijo...

Ya estamos fardando de pantalla. Bla bla bla, tono pedante...

xDDDD

Me gusta esta historia, de que/quien es?

Martiche dijo...

Es una de las historias de uno de los libros de cuentos que me compré hace un par de semanas, esta es de Haruki Murakami, ya me he leído dos libros en dos semanas leyendo solo durante el trayecto de tren, lo cual no está nada bien porque o yo leo demasiado deprisa o los trenes van cada día más lentos. Hay algo que no funciona.


PD: Haberte comprado uno de sobremesa.

Linkades dijo...

SI YA, LO SÉ

Vas a clavar tu zarpa en la herida hasta el final de mis dias eh!

IARG

Martiche dijo...

Isa dijo...

a mi los macs me matan, xq coño tienen los colores totalmente diferentes y hipersaturados?, claaaro aqui la siñora pobre que tiene pc y en clase tiene mac, puede morir ciega!!! ciega te digo!