martes, 27 de octubre de 2009

H.C.


Gemma Ward por Arthur Elgort

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Pero, como le decía, me recorrí toda la Quinta Avenida sin corbata ni nada. De pronto empezó a pasarme una cosa horrible. Cada vez que iba a cruzar una calle y bajaba el bordillo de la acera, me entraba la sensación de que no iba a llegar al otro lado. Me parecía que iba a hundirme, a hundirme, y que nadie volvería a verme jamás. ¡Jo! ¡No me asusté poco! No se imaginan. Empecé a sudar como un condenado, hasta se me empapó toda la camisa y la ropa interior y todo.
Luego empecé a hacer otra cosa. Cuando llegaba al final de cada manzana me ponía a hablar con mi hermano muerto y le decía: Allie, no dejes que desaparezca. Por favor, Allie. Y cuando acababa de cruzar la calle sin desaparecer le daba las gracias. Cuando llegaba a la esquina siguiente volvía a hacer lo mismo. Pero seguí andando. Creo que tenía miedo de detenerme, pero si quieren que les diga la verdad, ni me acuerdo. Sé que no paré hasta que llegué a la calle sesenta y tantos, pasado el Zoo y todo. Luego me senté en un banco. Apenas podía respirar y sudaba como un condenado. Me pasé allí sentado como una hora. Al final decidí marcharme. Decidí no volver nunca a casa ni a ningún otro colegio. Decidí que solo vería a Phoebe para decirle adiós y todo eso y para devolverle su dinero de Navidad, y que me marcharía al Oeste haciendo auto-stop. Pensé que iría al Túnel Holland, pararía a un coche, y luego a otro, y a otro, y a otro, y en pocos días llegaría a un lugar donde haría sol y mucho calor y nadie me conocería y buscaría un trabajo. Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera de algún sitio poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por uno de esos sordomudos. Así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papel y ponérmelo delante de las narices. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar con nadie el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre sordomudo y me dejarían en paz. Yo les llenaría los depósitos de gasolina y ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida.
La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque quería ver el sol todo el tiempo. Me haría la comida yo mismo, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica guapísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo en un papel como todo el mundo. Cuando tuviéramos hijos, los esconderíamos en alguna parte. Compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos.
Pensando en todo aquello me puse contentísimo. De verdad. Sabía que lo de hacerme el sordomudo era una locura, pero aun así me gustaba imaginármelo de todos modos. Pero lo que sí decidí de verdad fue lo de irme al Oeste y todo eso. Lo único que quería hacer antes era despedirme de Phoebe. Así que de pronto crucé la calle corriendo como un loco, si quieren saber la verdad, casi me matan, entré en una papelería y compré un bloc y un lápiz.


J.D. Salinger

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