Un intelectual es habitualmente alguien que no se distingue precisamente por su intelecto. Se atribuye a sí mismo ese calificativo para compensar la impotencia natural que intuye en sus capacidades. Es aquello tan viejo y tan cierto del dime de qué alardeas y te diré de qué careces. Es el pan de cada día. El incompetente siempre se presenta a sí mismo como experto, el cruel como piadoso, el pecador como santo, el usurero como benefactor, el mezquino como patriota, el arrogante como humilde, el vulgar como elegante y el imbécil como intelectual. De nuevo, todo obra de la naturaleza, que lejos de ser la sílfide a la que cantan los poetas, es una madre cruel y voraz que necesita alimentarse de las criaturas que va engendrando para seguir viva.
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Fotografía por Eugenio Recuenco













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